Lunes 15 de Octubre de 2018

Historia / Vehículos de la Primera Guerra Mundial:
Los motores de la guerra

Los vehículos motorizados empezaron a complementar y luego a sustituir a los caballos en algunas funciones durante el transcurso de la Gran Guerra de 1914 a 1918. Hoy, a un siglo del estallido de esa conflagración, es posible aquilatar hasta qué punto fueron protagonistas del cambio del curso de la historia.  

Publicado: Miércoles, 20 de Agosto de 2014

Leonardo Mellado.

Del crucero terrestre al tanque

Para finales de 1914, la Gran Guerra había degenerado en guerra de trincheras estática y a un empate táctico del que ambos bandos ansiaban salir. Se buscaron nuevos métodos para resolver el problema de abrir brechas en las defensas enemigas; algo que permitiese seguir avanzando mientras se estaba bajo fuego enemigo. Y aunque respuestas a este inconveniente pueden encontrarse hasta en tiempos de Leonardo Da Vinci, las posibilidades de la Revolución Industrial permitirían un enfoque nuevo. Y así, en Gran Bretaña, nacería una nueva arma. En 1914, el ejército británico usaba tractores oruga Holt para remolcar piezas de artillería pesada. Basados en máquinas agrícolas, estos tractores permitían seguir el ritmo de desplazamiento de la artillería ligera que era remolcada por caballos. El corresponsal de guerra Ernest Dunlop Swinton tuvo la idea de acorazarlos y convertirlos en un vehículo de combate. Sería un "crucero terrestre", según su propia definición. Junto a otros oficiales desarrolló esta idea, pero el proyecto iría dando tumbos de oficina en oficina, sin encontrar apoyos, hasta que en 1915 cayó en manos de Winston Churchill, por entonces primer Lord del Almirantazgo, quien se entusiasmó con esta idea y decidió promoverla con todas sus fuerzas.

Finalmente, el desarrollo del "crucero terrestre" quedó a cargo del Departamento de Construcción Naval, pero con especificaciones definidas por el Ministerio de Guerra.

Así pues, se le exigió ser capaz de superar obstáculos y zanjas de un metro y medio de altura o profundidad, bajar y subir pendientes de 45 grados, disponer de una autonomía de 35 kilómetros, pesar menos de 15 toneladas y contar con espacio para una tripulación de diez hombres, quienes operarían cuatro ametralladoras y dos cañones. Tras superar los muchos problemas técnicos que surgieron, en 1916 los prototipos estaban listos para ser probados.

Como el proyecto era ultrasecreto, las peticiones de piezas de acero se realizaron con la justificación falsa de ser material con el que se construirían tanques de transporte de agua para las colonias británicas de Mesopotamia. Por tanto, el nombre del secreto proyecto sería "tanques de agua para Mesopotamia", lo cual explica por qué el futuro vehículo de combate se terminaría conociendo como "tanque".

A finales de agosto de 1916, los primeros tanques fueron enviados a Francia etiquetados en inglés y ruso con el texto "tanques de agua para Mesopotamia, vía Petrogrado".

El 15 de septiembre, 49 tanques modelo Mark I se desplegaron para asaltar las trincheras alemanas. Su pintoresca forma romboidal era una visión imponente y extraña al mismo tiempo, con sus armas instaladas en casamatas situadas en sus flancos. A pesar de que militarmente sus resultados fueron discutibles, el entusiasmo por este tipo de vehículos se extendió en casi todos los contendientes, que con más o menos prisas terminaron lanzando al campo de batalla una amplia variedad de vehículos acorazados, de varios tamaños y con diversas aplicaciones.


Taxis a la batalla

A principios de septiembre de 1914, la situación en el Frente Occidental era crítica para los franceses. Los alemanes, siguiendo su famoso Plan Schliefffen, habían invadido Bélgica, roto las líneas francesas y se aproximaban a París con una rapidez alarmante.

Aguijoneados por la angustia de ver nuevamente su capital ocupada por los germanos (que la habían capturado ya en 1871), el ejército francés se aprestó a resistir en el Marne, a las puertas de París.

Pero para lograrlo, debían transportar al frente, lo más rápido que pudieran, a las tropas del VI Ejército francés. Para ello tuvieron que echar mano a todos los medios de transporte existentes. A todos.

Al general Joseph Gallieni, gobernador de París, se le ocurrió ordenar la concentración de todos los taxis de la ciudad, unos 600, durante la noche del 7 de septiembre en la Plaza de los Inválidos. Desde allí trasladarían armamento, víveres y militares hasta el frente situado a unos 37 kilómetros. La mayoría de los vehículos, modelos 8CV de Renault, realizarían dos viajes de ida y vuelta con las luces apagadas -para no ser vistos por el enemigo-.

Además, no portaban agua para consumo humano por la escasez que había en esas fechas en la capital francesa, pero los choferes fueron copiosamente recompensados con abundante vino, que para eso esto es Francia y seguramente fue más agradecido que el agua. Milagrosamente no se registraron accidentes en la operación, que permitió llevar al frente a unos 6.000 soldados, los que contribuyeron a estabilizar la situación y a salvar París.

Por cierto, además del vino, los conductores cobraron el 27% de la tarifa marcada en sus taxímetros y desde entonces estos vehículos fueron conocidos como Renault Taxi Marne.


El auto maldito

Cuando el archiduque Franz Ferdinand, el heredero del trono austriaco adquirió su flamante Gräf & Stift Double Phaeton de 1910 -de un anticipatorio color sangre- no sabía lo que estaba haciendo.  Mientras visitaban oficialmente la ciudad de Sarajevo, él y su mujer fueron asesinados a tiros, acto que fue la chispa que terminó por hacer detonar la Primera Guerra Mundial.

Pero con ello la carrera de desgracias del modelo no hacía más que comenzar. Su segundo propietario, un oficial del ejército de Bosnia, se estrelló contra una tapia a la semana de tenerlo. Así, el Gräf & Stift sumaba su tercer muerto.

Extrañamente, el auto recibió pocos daños, de modo que pudo ser vendido a un prestigioso doctor, que murió a los 6 meses de comprarlo después de volcar. Nuevamente el auto salió ileso.

Simon Mantharides, un joyero coleccionista de antigüedades, lo compró como objeto coleccionable ya que para entonces se había hecho famoso, pero se suicidó al medio año por causas desconocidas. Van cinco muertos.

Otro médico decidió coleccionarlo y empezó a perder pacientes y dinero.Viéndose con una maldición encima, lo vendió asustado y al menos salvó la vida. El siguiente propietario fue un corredor de apuestas que lo compró para probar que el coche no era portador de ninguna superstición. No demostró nada, porque murió en un accidente mientras lo conducía (van 6). 

Luego, el auto del infortunio fue adquirido por un adinerado de Sarajevo. En una ocasión, mientras paseaba, el Gräf & Stift se paró sin motivo alguno.  Mientras lo ataban a una yunta de bueyes para remolcarlo a un taller, el muy maldito se puso en marcha solo y atropelló a su dueño que estaba observando la escena a un lado de la carretera (ya son 7).

Luego, Tiber Hirshfield lo compró, lo pintó azul (tardaron en darse cuenta que el rojo sangre no era el color más apropiado) y lo puso en arriendo para matrimonios. En la primera boda a la que asistió sufrió un accidente y convirtió a su dueño, que oficiaba de chofer, en el octavo muerto del historial del auto. 

Ahora está en un museo en Viena, que tampoco se libró de su azarosa biografía. Dicen que durante la Segunda Guerra Mundial fue un imán para las bombas que destrozaron gran parte de las colecciones. Pero el Gräf & Stift resultó intacto.

Ahí puede ser admirado hasta el día de hoy.

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